La timidez de los árboles

14:06 Gloria Martínez Villamandos 0 Comments


A sus veintidós años había abrazado la mediocridad como si se tratara de un viejo amigo. De los que si conocieras ahora nunca tolerarías, pero que por alguna razón sigues manteniendo cerca. Solo porque te recuerdan tiempos mejores que a lo mejor nunca existieron, en realidad.
Sale de casa como cada tarde, y espera a que la puerta se cierre tras de sí antes de comenzar a andar. Las hojas de los árboles se arremolinan en torno a sus tobillos, como si el mundo intentara evitar que pusiera un pie detrás del otro.
Le había conocido dos años antes, en la universidad. Ella estaba sentada junto a la biblioteca, chocando un talón contra el otro después de haber recibido un suspenso fulminante. Él le invitó a un café y le dijo que le gustaban sus ojos.
Ella sonrió.
Al principio rehuía sus miradas. A pesar de que eran cristalinas, a pesar de que prefería mirarla a ella antes que a cualquier otra chica, más alta, más delgada o más hermosa que ella. Supongo que por eso sintió que él era tan especial la primera vez que le cogió por el rostro y le robó un beso. Ella no recordaba haberlo pedido, pero pensó que los besos no se piden, simplemente llegan.
Habían sido felices. Muy felices. Al menos ella recuerda algo parecido a la felicidad, lo hace mientras avanza por la acera y el viento le azota el rostro. Prefiere aferrarse a los momentos felices a pesar de que son incluso peores que los amargos, intenta convencerse de que fueron reales aunque sabe que no es así. Pero eso no merma en su determinación.
La primera espina se la había clavado dos meses después de su primer beso, cuando había dejado a sus compañeras de piso para irse a vivir con él.
—Me apetece mucho salir. A bailar.
—A mí no. Y no harás el ridículo yendo a bailar sola, ¿no?
La decepción se dibujó en el interior de sus ojos, en la parte posterior de su mirada, donde solo podía dolerle en el alma y no en las mejillas, donde el púrpura se disimula con más dificultad.
—Está bien. Lo que tú quieras.
Esa frase se había convertido en el estribillo de su canción. Esa noche se fue a dormir sola, mientras él gastaba tiempo frente a la pantalla del ordenador. A la mañana siguiente había una rosa junto a su cama, y ella temió que su corazón estallara de todo el amor que intentaba poner dentro.
Nuca faltaban flores en su mesita. A veces llegaba tarde, y cuando no llegaba, también había bombones. Los había a veces cuando comentaba de pasada que aquel vestido no le quedaba muy bien, o cuando decía casi sin darse cuenta lo bobas que eran sus amigas. Pero no pasaba nada, le decía, porque él la quería más que nadie la querría nunca.
A veces le reprochaba que no era tan cariñosa como él, que no fluía el amor en ambas direcciones. Entonces ella hacia un esfuerzo, salía a comprar lencería y cuando volvía, él ya no estaba. Volvía tarde y oliendo a cosas que no tenían cabida en aquella cama, donde se rozaban sin querer y en completo silencio. La distancia de piel a piel se medía en yardas y desilusiones.
Cuando vio el primer mensaje a deshora que no quería ver, dejó el móvil sobre la mesa del salón sin decir nada. Cuando él apareció por la puerta, le preguntó:
—¿Sabías que hay árboles tímidos?
—¿Qué?
—Crecen muy juntos, pero sin tocarse. Si los miras desde abajo, el hueco entre sus ramas parecen grietas en el cielo.
—No dices más que tonterías.
Sus amigas le decían que no era bueno para ella. O lo hubieran hecho, si hubiera seguido viéndolas en lugar de convertirse en una sombra de lo que fue, en una sombra que le seguía a todas partes. Pero sabía, de una forma amarga pero extrañamente reconfortante, que nunca encontraría a nadie que la quisiera más, o que la quisiera mejor.
Él está esperándola en el puente sobre el pequeño lago seco que adorna el centro del parque. Lleva una bolsa con los regalos que ella le hizo, y se lo tiende nada más llegar.
—Estás equivocada si crees que así serás feliz —dice sin saludar.
Ella alarga la mano y coge la bolsa. Tiende a su vez un fajo de cartas de amor atadas con un lazo y es todo lo que tiene, porque las flores y las heridas no podían devolverse.
Quiere pensar que es valiente al enfrentarse a él, al plantarse ante la mentira número ciento veintitrés, al dejar de querer rellenar las ausencias y a preferir estar sola que con alguien como él. Pero a su lado no puede sentirse nada.
—Supongo que sí.
—¿Me odias?
Ella no dice nada mientras intenta buscar dentro de sí el odio que está segura de guardar en alguna parte. Pero solo puede oír un murmullo sordo, como si el mundo se hubiera apagado y en su interior aún pudiera sentir la estática de una pantalla oscura. Espera alguna imagen, algún reflejo de que sigue estando viva, pero el hueco de su pecho es devastador.
—Confié en ti.
—Lo sé.
Mete las manos temblorosas en los bolsillos de su abrigo al ver las marcas de carmín alrededor del cuello de su camisa. Un viejo billete de autobús le roza la yema de los dedos y el más mínimo recuerdo hace que le ardan los ojos.
—¿Crees que volveremos a ser felices? ¿Cómo antes?
—No —dice ella con firmeza. Al menos eso lo tenía claro—. Ya no somos los mismos.
El cielo sobre ellos dibuja trazas de un gris aloque que deja sobre sus cabezas el mismo rastro que antiguos golpes. Golpes que empiezan a desvanecerse.
—¿Me odiabas tú?
—No. Yo te quería.
Ella traga saliva, empuja el engrudo de sal y nudos que hay en su garganta y lo nota bajar lentamente a través de la piel del cuello, como un puño que rodea su aliento, y lo empuja con fuerza hasta que se lo coloca bajo los pies y puede caminar sobre él. Respira hondo, con un labio inferior tembloroso.
—Entonces es todavía peor.
—Quizá nos conocimos en el momento equivocado.
—Quizá nunca nos conocimos.
Él se gira, se enciende un cigarro y exhala en su dirección. Ella no se mueve y nota el escozor en los ojos, pero no sabría decir si es por el humo o por la rabia.
—¿Y crees que encontrarás alguien mejor que yo? ¿Alguien que quiera estar contigo?
Ella se encoge de hombros, notando como la sombra de él se alarga poco a poco y empieza a salpicarle la punta de los zapatos. Da un paso atrás, y puede verle con perspectiva. Nunca podría crecer a su lado, siempre habría un vacío entre él y todo lo que le rodeaba, como aquellos árboles. No crecen porque no quieran, sino porque no les dejan. Sobre ellos no había más que grietas que no se llenarían nunca.
—Nadie te va a querer más que yo.
—Bueno —dice, y le mira a los ojos por primera vez—. Yo, quizás.

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