La bestia

13:44 Gloria Martínez Villamandos 0 Comments


Cada día sucedía al anterior con una monotonía perversa. Tenía pensamientos que duraban segundos y otros duraban semanas. En la oscuridad de mi celda nada me mostraba el avance del tiempo, nada que no fuera el palpitar de mi corazón y mi respiración agitada.
En el lago negro era cautivo desde hacía tiempo. Había sido traicionado y desterrado, había sido engañado para poder  ser encadenado hasta el fin de los días.
Había sido un cachorro como otro cualquiera y mi pecado había sido crecer grande y fuerte, crecer tanto y tan rápido que los déspotas se sintieron amenazados por mi fuerza. Por lo que algún día podría llegar a hacer.
Dos veces intentaron apresarme sin éxito y aun así les creí, caí en sus mentiras una tercera y última vez, la que fue definitiva y me entregó a mi cautiverio. Leding y Droma fallaron su abrazo y yo lo sentí como un juego. Yo, que me sentía entre iguales, que soy hijo de un dios, del Embaucador, pero dios al fin y al cabo. Mi propia familia me traicionó, pensando en el caos que algún podría causar, en las vidas que podría sesgar. No les importaba el dolor de los inocentes, sino el suyo propio. Creyeron firmemente que en el fin del mundo conseguiría matar al gran Odín, al padre de todos. No quisieron escucharme cuando hablé, ni siquiera siendo un cachorro de teta.
No puedo evitar llorar en la soledad de mi cárcel, a pesar de que ya ni siquiera noto el dolor que la lacerante cadena que tejieron los enanos para darme caza provoca en la piel en carne viva que rodea mi cuello como un collar escarlata. Solo Gleipnir escuchaba mi dolor, dolor que lloré por un tiempo, y lloré también por la soledad, durante mucho más. Encarcelado por un crimen que aún no había cometido. Con el tiempo la infelicidad se transformó en ira. Ira contra aquellos que ataron mis patas y me inutilizaron contra el suelo, ira contra ellos que me juzgaron injustamente. Esa furia es tan grande que me ciega, o lo haría si pudiera ver algo en la insondable oscuridad que me rodea. Hace tiempo que la rabia no me lleva a intentar zafarme de mis cadenas, hace tiempo que espero en silencio inmóvil, regodeándome en el sabor de la sangre del brazo que conseguí sesgar antes de que pudieran encerrarme. Hay días en los que solo pienso en ese sabor metálico, en el líquido espeso y caliente cayendo desde mi boca, desde mis dientes, envolviendo mi lengua de un gusto a victoria postergada.
Pronto, me digo, pronto llegará el día en el que Fenrir será liberado y hará que todos paguen sus injusticias antes de caer muerto en las manos de Víðarr. Y el dolor no les llegará en forma de fauces lobunas, no podrán sentirse víctimas de un destino inamovible, sino que serán ellos sus propios verdugos. Porque suya será toda la culpa, será de aquellos que encerraron al cachorro y crearon a la bestia que tanto temían y que sin ellos, quizás, nunca hubiera existido.


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